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lunes, marzo 12, 2007

...Y le habló el viento

Secó su propio llanto. Levantó la frente y siguió su destino. Sabía que acababa de vencerse a si misma, que ya nunca sería la misma persona y que ahora su alma era de guerrera. Respiró hondo y miró al horizonte. Sonrió. Muchas veces había escuchado hablar de esto. Había opinado incluso sobre el tema, expresado sentimientos que realmente llevaba dentro de sí. Pero nunca antes se había sentado en aquellas piedras con el pesar de aquel día.


Llevaba toda una vida observando el río de cerca, creció junto a los árboles que le rodeaban, compartiendo chapuzones con las ranas y peces que lo habitaban y hasta escuchando como le hablaba el viento cada vez que venía a buscar consuelo. Pero nunca como ahora.

Esa tarde tomó las llaves del auto (habían pasado muchos años desde que partió a la ciudad a "buscar un futuro"), directamente hacia el río que había sido su compañero, a contarle sus cosas. Le relató su vida lejos de él. Le conto de sus estudios, de su vida con personas nuevas, de las pocas veces en que habló con su madre y de la muchas en que se olvidó de sus hermanos; habló con él sobre sus días sola en la ciudad, entre tanta gente y aún así totalmente sola, de su rutinaria vida: gimnasio, trabajo, almuerzo en la esquina, trabajo, cena en casa (sola), llorar hasta caer rendida.

Le dijo cuánto extrañaba a aquel. Nunca había expresado sus sentimientos hacía él con nadie. Lloró. Le contó al río las veces que la tomó de la mano, las veces que durmió en sus brazos, las sonrisas compartidas en el parque, las noches de estudio, su llamada diaria a las 5 de la tarde, las discusiones ricas en cultura, las lecturas obligadas, las noches que pasaba secando sus lágrimas, los viernes de bohemia, los vinos hasta el amanecer, su canción favorita, lloró. Ya no era ella, era su corazón diciendo las cosas que debía decir años atrás.

Le narró a la corriente su último disgusto, como esperando que su culpa se fuera con ella. Esa noche, 10 años atrás, ella quería salir. Él no; decía que la carretera estaba muy oscura, que podía pasarle algo, que no podía salir sola, que él no quería ir. Ella tomó la decisión de partir alegando sus 21 años, su carrera casi terminada y su deseo de vivir la vida de otra manera. Y así lo hizo. Sin decirle a nadie tomó sus cosas y dejando una carta en la mesa partió antes del amanecer en búsqueda de su futuro.

Desde aquella mañana él nunca sería el mismo. Ella no volvió a hablarle jamás. Aún cuando las últimas semanas había recibido infinidad de llamadas de su madre rogándole que fuera a verlo, ella no sucumbió, su orgullo pudo mas que el amor que tuvo alguna vez por él. Sin darse cuenta de las verdaderas intenciones de esas llamadas, así lo dejó ir.

Él se convirtió en viento dos días atrás, precisamente aquella mañana en la que ella había prometido ir a verle... pero ya era muy tarde. Él ya era parte de la tierra, su alma se había ido a morar a los cielos y su corazón se quedó partido por la ausencia de aquella entrañable hija. Su única hija. Ella lloró. No se perdonaba tener que seguir viviendo si ya había hecho tanto daño como para cubrir tres vidas de miseria. Sin embargo el río le había enseñado que debía seguir adelante; que para ser río tenía que renovarse, ser diferente cada día, nunca posarse en charcos inadecuados y, al contrario, seguir su camino a pesar de las piedras y troncos que encontrara... hasta llegar a cumplir su destino. El viento la perdonó. Mucho antes de ella llegar a ese lugar ya lo había hecho.

Y en ese momento se dió cuenta de que tenía que salir a buscar ese destino. ¿Cuál sería? eso no importaba. Fuera cual fuera ella ya estaba dispuesta a seguirlo y a negarse a sí misma. A olvidar su pasado, a perdonar y a perdonarse. A renovarse. Sabía que acababa de vencerse a si misma, que ya nunca sería la misma persona y que ahora su alma era de guerrera. Respiró hondo y miró al horizonte. Sonrió.