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lunes, julio 16, 2007

Arena en las manos

Esa tarde estábamos en la playa. Con el candente sol caribeño y un mar interminable como escenario, las nubes se paralizaron en las esquinas del cielo y sólo dejaban ver un azul intenso que lo llenaba todo. El mar, aunque imponente, sólo llegaba a las rodillas por muchos metros hacia adentro, por lo que nos decidimos por caminar.

Como cualquier playa virgen, estaba rodeada totalmente por árboles que hacían el marco perfecto de este paisaje. En el mar, convivían junto a nuestras pisadas, peces de perlados colores; juguetones nos seguían el ritmo al caminar y escapaban al primer intento nuestro de alcanzarlos. Cada cierto tramo veíamos montículos de arena que emergían del agua como pequeñas islas. En uno de esos vimos de lejos a una niña con su madre.

Ellas, nos observaban a medida que nos acercábamos. La niña, con sonrisa pícara y cabello rizado, tocaba el rostro de su madre que jugaba en la arena con ella. Nos sentamos junto a ellas y sin cruzar palabras empezamos a construir castillos de la arena que nos rodeaba. Pequeños y con detalles meticulosos... hicimos lo que pudimos. Pusimos nuestro esfuerzo en agradarles aunque no nos decían nada. Sólo nos miraban y sonreían.

Al terminar aquel castillo, con torres bajas, murallas torcidas, una puerta sin forma definida, pero muy resistente, me quedé con algo de arena en la mano y comencé a formar algo que no recuerdo. La niña me mira y le secretea algo a su madre. Ella, la madre, se voltea y sonriendo nos dirige la palabra por primera y única vez para decirnos: "Sólo quien pone sus manos a crear tiene algo de Dios en su corazón".

Así se levantó, tomó a la niña de la mano, sonrieron ambas y se marcharon caminando por las aguas azul turquesa que nos rodeaban, dejándonos allí con arena en las manos y un sol que parecía danzar en el cielo.