sin rozar el navío ni la roca
y la distancia abierta la provoca
un doloroso afán de agua y de cielo.
El canto suelto, desflecado el pelo,
de la tierra inocente, grave y loca;
encendidos los sueños y en la boca
la extraña sangre de una flor de hielo.
Entre mares de espuma y sal se hallaba ella. Cruzando de un lado al otro del arrecife lleno de colores, aquel que habia visto crecer lentamente y llenar todo el fondo del mar, allí, como en un refugio, se ponia corales en el pelo y dejaba que los peces jugaran entre sus manos.




